El MANIFIESTO COMUNISTA de Karl Marx cumplirá 150 años dentro de
muy poco tiempo. Hace más de 30 años, cuando yo era joven, me enseñaron
que este trabajo era obsoleto y que, aun cuando pudiera ayudarnos a
entender el mundo de 1860, lo cierto es que no tenía ninguna relación
con el mundo de 1960: el mundo del Estado de Bienestar y de la
Guerra Fría. Es irónico, pero a medida que me hago más viejo, el
MANIFIESTO parece rejuvenecer y hasta podría resultar que tenga más
relevancia a finales del siglo XX, que a mediados del siglo XIX.
Deseo aclarar que no considero al MANIFIESTO como un ejemplo de
«álgebra revolucionaria» para una vanguardia leninista del futuro.
El leninismo es uno de los grandes errores del siglo XX: ha sido
cruento en extremo, aunque no creo que sea inherentemente criminal;
su problema es su inherente quijotismo. La sociedad moderna no está
estructurada de esa forma, no es arcilla en las manos de una élite
intelectual. (La suerte de Platón, el primer leninista del mundo,
sugiere que la antigua sociedad tampoco era así). Tendremos que
convivir con aquello que Marx durante mucho tiempo denominó «la
moderna sociedad burguesa». Empero, esto no condena al MANIFIESTO;
de hecho allana el terreno para aquilatar su verdadero poder y
valor. No es una suerte de plan de escape para mostrarnos la salida
de la moderna sociedad burguesa; es una guía que nos indicará cómo
es en verdad la vida en esta sociedad.
1. Es GLOBAL. «La necesidad de un mercado en constante expansión
para sus productos hace que la burguesía esté desparramada sobre
la faz de la tierra. Debe acomodarse por todos lados, establecerse
en todos lados y tejer conexiones donde sea». La burguesía moderna
es impulsada por intensas e interminables presiones del mercado. Su
respuesta colectiva ha tenido como resultado «dar un carácter
cosmopolita a la producción y al consumo en cada país». Para
sobrevivir, las industrias deben aprender a procesar materia prima
obtenida de los lugares más remotos y a vender sus productos en los
mercados más alejados. Las formas de obtener máxima producción y
ganancias son el «intercambio multidireccional» y la «interdependencia
universal de las naciones». «La burguesía utiliza la artillería
pesada representada por los precios baratos de sus productos para
traerse abajo todas las murallas chinas... Esto obliga a todas las
naciones -so pena de extinción- a adoptar el modo burgués de
producción, las fuerza a introducir la llamada civilización, a
aburguesarse. Crea un mundo hecho a su propia imagen y semejanza».
En todo el orbe, durante los últimos dos siglos, las tribus
primitivas y las aristocracias feudales han sido víctimas de esta
artillería pesada; la última y más ilustre víctima fue la URSS,
cuyas fuerzas productivas nunca pudieron superar las restricciones
estalinistas y jamás desarrollaron el poder necesario para
participar en la economía mundial. Inclusive, si alguna forma de
comunismo se restablece de manera democrática en Europa Oriental,
como bien puede suceder, tendría que ser éste un comunismo que
comprenda los mecanismos del mercado mundial. En ese sentido,
tenemos buenas noticias: el mercado mundial les da a los hombres y
mujeres modernos la posibilidad de crecer y desarrollarse. Pero
tenemos también malas noticias: éste es un mundo cruel en el cual,
empujados por el mercado, esos hombres y mujeres se desarrollarán
según patrones retorcidos y deformes.
2. Crea, por primera vez, una verdadera CULTURA MUNDIAL. «En
lugar del aislamiento y la autosuficiencia locales y nacionales
inveterados, tenemos intercambios en todas direcciones e
interdependencia universal de las naciones. Sucede con la producción
intelectual lo mismo que con la producción material: las creaciones
intelectuales de las naciones individuales se convierten en
propiedad común... y surge una literatura mundial de las numerosas
literaturas locales y nacionales». Marx define esta cultura mundial
emergente como una «propiedad común», un modelo para la economía
y la sociedad socialistas del futuro. Ninguno de sus contemporáneos
lo entendió, pero para nosotros, 150 años después, debería ser fácil.
Marx ofrece una visión preliminar del inmenso complejo de las
industrias del conocimiento y la cultura -no sólo libros, periódicos
e imágenes fotográficas de difusión masiva, sino también todo el
conjunto de medios electrónicos de comunicación: radio, cine,
grabaciones de sonido, televisión, etcétera- que le han dado al
siglo XX mucho de su forma y energía distintivas. Marx creía que
los hombres y las mujeres modernos tenían la suficiente fuerza
interior para apropiarse, eventualmente, la cultura mundial.
3. Es ACTIVISTA. La burguesía moderna es la primera clase
gobernante que «demuestra lo que la actividad humana puede lograr».
La burguesía moderna ha organizado la construcción de proyectos
que «sobrepasan las pirámides egipcias, los acueductos romanos y
las catedrales góticas». Ha producido tecnologías completamente
nuevas -«la aplicación de la ciencia a la agricultura y a la
industria»-: barcos de vapor, ferrocarriles, telégrafos eléctricos
y mucho más. Ha organizado inmensos movimientos de gente, así como
nuevas ciudades y Estados que parecen surgir de la noche a la mañana,
«poblaciones completas salidas de la nada», como en los Estados
Unidos. Para Marx, la importancia no radica en los lugares o las técnicas
en particular, sino más bien en un proceso histórico
subyacente, latente. El dinamismo y la apertura de este proceso, al
igual que la capacidad de la gente para formar parte de él, hacen
que sea liberador para los seres humanos y una lírica fuente de
inspiración para Marx, quien al denunciar la sociedad burguesa, lo
hace a la luz de esta visión lírica de sus posibilidades humanas.
(Aquí, Marx difiere en forma radical de muchos de los llamados
«marxistas» de hoy, que no creen en la magia y envilecen por
completo la vida moderna utilizando términos caros a la derecha
europea posterior a 1789).
4. ES CONTINGENTE. La gente cuya actividad crea tales maravillas
es «la clase trabajadora moderna». Sus verdades sobre la vida son
contingencias: en primer lugar, «sólo pueden vivir mientras tengan
trabajo» y, en segundo lugar, «sólo pueden encontrar trabajo
mientras su labor aumente el capital». Deben «venderse poco a poco»,
son «un bien, como cualquier otro artículo de comercio», se
encuentran «expuestos a todas la vicisitudes de la competencia»
(contra gente que es exactamente igual) y también «a todas las
fluctuaciones del mercado». Con frecuencia esta idea es mal
interpretada. Para Marx, lo que hace que la gente forme parte de la
clase trabajadora no es el hecho de realizar trabajo de «obrero»,
trabajar en una fábrica, o ensuciarse las manos, características
todas que son incidentales y pasajeras en la historia económica. Se
puede educar a los trabajadores, se les puede pagar bien e inclusive
pueden no percatarse de que forman parte de la clase trabajadora. «La
burguesía ha desacralizado todas las ocupaciones que antes se
honraban y veían con reverente admiración. Ha convertido al
doctor, al abogado, al cura, al poeta, al científico en sus
trabajadores a sueldo». Son trabajadores porque no pueden seguir
sus vocaciones sagradas a menos de que se vendan a los propietarios
del profano capital -que incluye iglesias, universidades, hospitales,
HMO- para poder vivir. Si su trabajo no satisface las expectativas
de los propietarios del capital, sus vidas se detienen bruscamente.
Marx elaboró esta visión del mundo allá por 1840, en un
momento en que las cosas andaban mal. El sabía que llegarían
tiempos mejores, inclusive estaba seguro de que los trabajadores
iban a desarrollar un movimiento de masas y que lucharían con éxito
para ser mejor pagados y contar con una red de seguridad. Sin
embargo, pensó que seguirían oprimidos, «todavía esclavos del
capital, pero encadenados con grilletes de oro», y que continuarían
viviendo abatidos y angustiados.
5. Tanto la vida de la burguesía como la de la clase trabajadora
se encuentran en un estado de REVOLUCION PERMANENTE. Marx utilizó
su prosa más poética para tratar de describir esta situación. «La
burguesía no puede existir sin la revolución constante de los
instrumentos de producción, por lo tanto, de las relaciones de
producción y, con ellas, de todas las relaciones sociales». La
moderna sociedad burguesa prospera con «la revolución constante de
la producción, la perturbación ininterrumpida de todas las
condiciones sociales, eterna incertidumbre y agitación». En un
contexto social semejante, «todas las relaciones fijas y congeladas,
con su cohorte de antiguos y venerables prejuicios y opiniones, son
barridas; las relaciones recién formadas se vuelven anticuadas
antes de que puedan osificarse. Todo lo sólido se desvanece en el
aire; lo sagrado se profana y el hombre, por fin, se ve forzado a
enfrentar sus verdaderas condiciones de vida y sus relaciones con
los demás hombres».
Muchos de los grandes escritores europeos que vinieron luego de
Marx -Dostoievsky y Nietzsche fueron los más grandes - estaban
obsesionados con este estado de cosas, que algunos llamaron
NIHILISMO, una condición humana en donde todo parece posible y, sin
embargo, paradójicamente, nada parece valer la pena. En la Primera
Guerra Mundial los pueblos que se suponían más «avanzados» se
destruyeron unos a otros y a sí mismos. En un lapso de cuatro años
murieron más de diez millones de personas; la gran mayoría de
europeos detestaba esa guerra, pero nadie tenía el poder de
detenerla. Los europeos de todas las clases fueron arrojados a lo
que Max Weber llamaba la «proletarización psíquica». Esto generó
una visión del mundo denominada EXISTENCIALISMO, una visión que
enfatizaba la contingencia de la existencia humana, nuestra
vulnerabilidad frente a la muerte, la interminable presión de
fuerzas hostiles impersonales en contra nuestra, la fragilidad -pero
también la persistencia- de nuestros intentos de encontrar
significado a nuestras vidas. Millones de personas han encontrado
eco y profundidad en las imágenes e ideas existencialistas. Sin
embargo, su visión tiende a ser extrañamente desencarnada y
abstracta. Sus visionarios podrían aprender algo de Marx, quien
proporcionó una orientación a la angustia moderna.
6. Marx argumentaba que un proyecto burgués central y una fuente
primaria de poder burgués se veían «facilitados en gran medida
por los medios de comunicación». A mediados del siglo XIX
(la época del MANIFIESTO), los nuevos medios de comunicación eran
los diarios, los ferrocarriles y los telégrafos eléctricos. Estos
medios permitieron a la burguesía comunicarse a diario, e inclusive
cada hora, con otra burguesía a la que nunca había visto y nunca
vería, cuya apariencia hubiera podido consternarla y que nunca
hubiera aceptado en sus clubes, pero con quien estaba unida por el
mutuo deseo de obtener máximos beneficios. La explotación de los
nuevos medios de comunicación se convirtió en una fuente primaria
de ganancias y poder.
Empero, no todo radicaba en que la burguesía pudiera utilizar
los nuevos medios de comunicación; de similar importancia era el
hecho de que durante mucho tiempo los trabajadores tampoco pudieron
usarlos. Cuando los trabajadores industriales empezaron a
organizarse, sus acciones se limitaban a los pueblos o vecindarios
cercanos. Sus patrones, sin embargo, podían negociar a través de
continentes enteros, coordinando sus acciones con otros patrones.
También podían firmar acuerdos con agencias de empleo situadas en
ciudades distantes para contratar a nuevos trabajadores con el
objeto de aplastar una huelga, o transferir el capital necesario
para enviar tropas por tren a fin de forzar a los trabajadores a
retomar su trabajo.
Durante casi todo el siglo XIX, el acceso discriminado a los
medios masivos de comunicación dio al capital una inmensa ventaja
en el mercado. No obstante, los trabajadores fueron eliminando esta
diferencia gradualmente y aprendieron a utilizar los nuevos medios
de comunicación, pudiendo así formar sindicatos con personas que
nunca conocerían, yendo aun más allá de las fronteras nacionales
y coordinando sus acciones a diario, e inclusive cada hora, en un
frente de cientos de miles de kilómetros de extensión. También
podían mantener una prensa laboral que no sólo generaba
solidaridad, sino que sacaba a la luz verdades enterradas. A fines
del siglo XIX, la clase trabajadora estaba en condiciones de
utilizar sus conocimientos para crear un movimiento laboral
internacional y hacer presión suficiente en los gobiernos para
empezar a desarrollar el Estado de Bienestar del siglo XX. El mes de
agosto de 1914 puso en evidencia los límites del internacionalismo
de los trabajadores pero, aun así, desde cerca de 1880 hasta aquel
trágico momento, los trabajadores y sus movimientos se adueñaron
-de una forma que cambió el mundo- de los sistemas burgueses de
comunicación.
7. En la actualidad, en las postrimerías del siglo XX, nos
encontramos en un desbalance de poder asombrosamente similar a aquel
que sirvió de caldo de cultivo al MANIFIESTO. La tecnología de la
información y las desregulaciones financieras habilitan a las
corporaciones multinacionales actuales -si se encuentran presionadas
por sus trabajadores o por cualquier gobierno- para reestructurarse
y desplazar todos sus bienes a lugares más acogedores, en un lapso
de tiempo notablemente corto. Hace treinta años, cuando yo era aún
estudiante, nos presentaban a la compañía metalúrgica United
States Steel como el arquetipo del éxito capitalista
estadounidense. Ahora, ésta se ha desvanecido: sus ejecutivos
comprendieron que no tenía que estar en los Estados Unidos y que no
tenía que fabricar acero. Su nueva encarnación, USX, tiene
éxito como compañía mundial de fondos mutuos, distanciada de los
recursos naturales (como el mineral de hierro), de cualquier
trabajador estable (como los que solía emplear en sus plantas) y de
cualquier tipo de control gubernativo.
Debido a que las compañías se desmaterializan, los sindicatos
laborales pierden rápidamente mucho peso. Las computadoras han
permitido el acceso al sueño capitalista de un mundo formado por la
«acumulación flexible» desmaterializada e «inventarios
realizados justo a tiempo», en apariencia libre de controles políticos
o humanos. Las ganancias de las compañías se incrementan a medida
que caen los salarios reales. En estos años noventa de «reducción
de personal», las grandes compañías encuentran vía libre para
eliminar de un plumazo los beneficios de salud y de jubilación de
los trabajadores y para despedir a miles de ellos; los Estados de
Bienestar pueden proteger cada vez menos a sus ciudadanos; inclusive
en aquellos lugares donde la clase trabajadora todavía está
organizada, los sindicatos no parecen en capacidad de ganar un
conflicto laboral; los directores gerentes de esta década,
satisfechos de sí mismos, se pavonean como neo Bounderbys
dueños del mundo.
8. ¿Es acaso el final de la historia? ¿Existe alguna manera de
que la clase trabajadora moderna supere esta situación haciendo del
mundo un lugar más humano, tal como Marx y muchos otros aseguraron
que podían hacerlo y tal como lo hicieron hace más de un siglo?
Estoy convencido de que hay una forma, y de que esto se logrará a
través de las COMUNICACIONES. El presente corresponde, en medida
importante, a la clase trabajadora, pero con frecuencia ésta lo
ignora (algunas veces los trabajadores vienen a enterarse sólo
cuando los despiden). Imaginemos si pudieran en realidad llegar a
comprender las fuerzas que impulsan sus vidas; si supieran hablar no
sólo en inglés (o en francés, persa, japonés, o en cualquier
otro idioma materno), y además pudieran utilizarlo en Internet. No
hay razón alguna para que costureras, conductores de autobuses,
telefonistas, guardias de seguridad y tantas otras personas anónimas
que ahora tienen la oportunidad de sus vidas, sean los únicos que
no puedan hacer escuchar sus voces. Si logran aprender a hablar,
encontrarán gente dispuesta a escucharlos, gente con historias
propias; si prestan atención, tendrán una buena comunicación, y
si la consiguen, podrán organizarse. No debemos olvidar que ellos
son la gran mayoría de nuestros contemporáneos.
Una vez que aprendan a organizarse, aquella vieja frase marxista:
«Trabajadores del mundo, !uníos!... Tenéis un mundo por
conquistar», dejará de ser el lugar común que he escuchado
durante toda mi vida y comenzará a cobrar verdadero sentido. Así,
las personas que han estado sometidas a la sociedad moderna de ayer
y de hoy podrán acceder a ser miembros de la sociedad moderna del
futuro.