UNCHAINED MELODY

a look at Comunist Manifesto 150 years later 

by Marshall Berman



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You should refer to the complete book Adventures in Marxism, which this is the last Chapter. 

MELODÍA DESENCADENADA

Marshall Berman

Traducción de Mario Jursich Durán y Guillermo Díez

Las ideas envejecen o rejuvenecen a un ritmo bien distinto de sus aplicaciones prácticas. Es cierto que en 19 89 el Muro de Berlín se vino abajo tras un fracaso estrepitoso. Pero ¿puede acaso decirse lo mismo del libro publicado hace algo más de ciento cincuenta años, El Manifiesto Comunista?

 

La mejor historia que he escuchado en mi vida sobre El manifiesto comunista se la oí a Hans Morgenthau, el gran teórico de relaciones internacionales que murió en 1980. Fue a principios de los años setenta en la Universidad de Columbia en Nueva York, y él estaba rememorando su infancia en Baviera antes de la Primera Guerra Mundial. El padre de Morgenthau, médico en un vecindario obrero de Coburgo, a menudo llevaba a su hijo a las consultas a domicilio. Muchos de los pacientes estaban muriendo de tuberculosis; un médico no podía hacer nada para salvar sus vidas, pero podía ayudarlos a morir con dignidad. Cuando su padre les preguntaba por su última voluntad, muchos trabajadores decían que querían que El manifiesto fuera enterrado con ellos. Le imploraban al doctor que se cerciorase de que el sacerdote no entrara a hurtadillas y les metiera la Biblia en su lugar.

Esta primavera [de 1998] El manifiesto cumple 150 años. En ese siglo y medio se ha convertido en el libro más ampliamente leído en el mundo, aparte de la Biblia. Eric Hobsbawm, en su espléndida introducción a la nueva y hermosa edición de Verso, presenta una breve historia de la recepción del libro. Puede resumirse rápidamente: siempre que hay problemas, en cualquier lugar del mundo, el libro se vuelve tema de discusión; cuando las cosas se calman, el libro desaparece de vista. Cuando regresan los problemas, la gente que lo olvidó, recuerda. Cuando los regímenes de corte fascista se toman el poder, siempre está en la breve lista de libros por quemar. Cuando la gente sueña con la resistencia —aun si no son comunistas, aun si desconfían de los comunistas—, provee música para sus sueños. Escuchen el compás del principio y del final. Primera línea: "Un espectro está rondando Europa: el espectro del comunismo". Últimas líneas: "Los proletarios no tienen nada que perder salvo sus cadenas. Tienen un mundo que ganar. ¡Trabajadores del mundo entero, uníos!". En el bar de Rick en Casablanca, puede que ames o no a Francia, pero cuando la banda rompe a tocar La Marsellesa tienes que pararte y cantar.

Sin embargo la gente educada de hoy, incluso gente de izquierda, ignora, sorprendentemente, lo que dice en realidad el libro. Durante años, le he preguntado a la gente de qué creen que trata. Las respuestas más populares son que es (1) un manual utópico sobre cómo administrar una sociedad sin dinero o propiedad, o (2) un manual maquiavélico sobre cómo crear un estado comunista y mantenerlo en el poder. Los comunistas no parecen conocer el libro mejor que los que no lo son. (Al principio esto me sorprendió; luego vi que no era accidental. La educación clásica comunista era talmúdica, basada en un estudio de comentarios, con una suspicacia subyacente hacia los textos sagrados primordiales. Entre los judíos ortodoxos, la Biblia es una suerte de película para adultos. Un yeshiva-bucher es expuesto a ella sólo después de años de entrenamiento, para asegurarse de que responderá de manera ortodoxa. De manera similar, un aprendiz en una célula del Partido empezaría con Stalin, hasta 1956; luego el gran indoctrinador Lenin; luego, con alguna vacilación, Engels; Marx sólo entra al final de todo, y entonces sólo para aquellos con pase de seguridad).

Hoy en día tal seguridad ha desaparecido. En sólo unos cuantos años, muchas estatuas y homenajes a Marx se han esfumado de las plazas públicas; muchas calles y parques con su nombre tienen hoy otros nombres. ¿Qué significa todo esto? Para alguna gente, como nuestros príncipes que salen al aire el domingo en la mañana, la implosión de la Unión Soviética simplemente confirma lo que siempre creyeron, y los libera de tener que mostrar respeto. Uno de mis antiguos jefes del City College of New York lo dijo concisamente: "El año 1989 prueba que los cursos de marxismo son obsoletos". Pero hay otras formas de leer la historia. Lo que sucedió con Marx luego de 1917 fue un desastre: un pensador necesita ser beatificado tanto como necesita un balazo en la cabeza. Así que debemos dar la bienvenida a su descenso del pedestal, pues se trata de una caída afortunada. Tal vez podamos aprender lo que Marx tiene que enseñar si lo confrontamos a ras del suelo, nivel en el cual nosotros estamos tratando de pararnos.

Así que, ¿qué nos ofrece? Primero, algo asombroso cuando no estás preparado para ello: alabanza al capitalismo tan excesiva que bordea la veneración. Bien temprano en El manifiesto, Marx describe los procesos de construcción material que perpetra, y las emociones que lo acompañan, especialmente el sentimiento de ser cautivado por algo mágico y misterioso:

La burguesía ha creado fuerzas productivas más masivas y colosales que todas las generaciones precedentes juntas. El sometimiento de las fuerzas de la naturaleza al hombre, las máquinas, la aplicación de la química a la industria y a la agricultura, la navegación a vapor, las vías férreas (...) despejando continentes enteros para el cultivo, canalizando ríos, poblaciones enteras convocadas desde dentro del territorio: ¿qué siglo anterior tuvo siquiera un presentimiento de que tales poderes productivos dormían en el regazo del trabajo social?

O, una página antes, acerca de un dinamismo innato que es espiritual tanto como material:

La burguesía no puede existir sin revolucionar constantemente los instrumentos de producción, revolucionando de este modo las relaciones de producción, y con ellas todas las relaciones sociales... La constante revolución de la producción, la perturbación ininterrumpida de todas las condiciones sociales y la eterna incertidumbre y agitación distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones fijas, congeladas, con su cortejo de prejuicios y opiniones antiguos y venerables, son barridas, todas las recién formadas se vuelven anticuadas antes de poder consolidarse. Todo lo que es sólido se desvanece en el aire, todo lo que es sagrado es profanado, y el hombre es finalmente compelido a enfrentarse a sus verdaderas condiciones de vida y de las relaciones con sus semejantes.

La parte 1, "Burgueses y proletarios", contiene muchos pasajes como éstos, afirmados en acordes de gran estilo dramático. Por alguna razón, muchos lectores parecen pasarlos por alto. Pero los contemporáneos de Marx no los pasaron por alto, y algunos radicales —Proudhon, Bakunin— consideraron su apreciación del capitalismo como una traición a las víctimas. Esta acusación se escucha aún hoy, y merece una respuesta seria. Marx odia al capitalismo, pero también piensa que ha traído inmensos beneficios reales, tanto espirituales como materiales, y quiere que los beneficios se extiendan y sean disfrutados por todos, en vez de ser monopolizados por una pequeña clase dirigente. Esto es muy distinto de la rabia totalitaria que tipifica a los radicales que quieren hacer explotar todo. A veces, como sucede con Proudhon, lo que odian son los tiempos modernos; sueñan con una aldea campesina de la edad de oro donde todos estaban contentos en su sitio (o en el sitio de ella detrás de él). Para otros radicales, desde el autor del Libro de la Revelación hasta el Unabomber, esto se desborda en algo así como una rabia contra la realidad, contra la vida humana misma. La rabia apocalíptica ofrece emociones baratas, inmediatas y sensacionales. La perspectiva de Marx es mucho más compleja y matizada, y difícil de mantener si uno no es suficientemente maduro.

Marx no es el primer comunista que admira el capitalismo por su creatividad; esta actitud puede hallarse en algunos de los grandes socialistas utópicos de la generación anterior a él, como Saint-Simon y Robert Owen. Pero Marx es el primero en inventar un estilo de prosa que puede dar vida a esa peligrosa creatividad. Su estilo en El manifiesto es una especie de lirismo expresionista. Cada párrafo se rompe sobre nosotros como una ola que nos deja sacudidos por el impacto y empapados de pensamientos. Su prosa evoca un ímpetu acezante, que se lanza hacia adelante sin guías ni mapas, rompiendo todos los linderos, los precarios apilamientos y amontonamientos de cosas, ideas y experiencias. Los catálogos desempeñan un papel grande en el estilo de Marx —como también lo hacen en sus contemporáneos Dickens y Whitman—, pero parte de la fascinación de El manifiesto proviene de nuestro sentimiento de que las listas nunca se agotan, de que el catálogo está abierto al presente y al futuro, de que somos invitados a apilar cosas, ideas y experiencias nuestras, a apilarnos nosotros mismos, si podemos. Pero las cosas en la pila a menudo parecen chocar entre sí, y suenan como si todo el vasto acopio se pudiera estrellar. Párrafo tras párrafo, Marx hace que los lectores sintamos que estamos manejando el tren decimonónico más rápido y grandioso por el terreno decimonónico más escabroso y peligroso, y aunque tenemos una luz espléndida, estamos avanzando presurosos hacia adelante por donde no hay camino.

Una de las características del capitalismo moderno que Marx admira más es su horizonte mundial y su textura cosmopolita. Hoy mucha gente habla sobre economía global como algo reciente. El manifiesto podría enseñarnos a ver en qué medida ha estado allí desde el principio:

La necesidad de un mercado constantemente en expansión persigue a la burguesía sobre toda la superficie del orbe. Debe anidar en todos lados, asentarse en todas partes, establecer conexiones en todo lugar.

A través de la explotación del mercado mundial, la burguesía ha dado carácter cosmopolita a la producción y al consumo en todo país. Todas las industrias nacionales establecidas antiguamente han sido destruidas o son diariamente destruidas. Son desalojadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en una cuestión de vida o muerte para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no procesan más materia prima local, sino materia prima extraída en las zonas más remotas, industrias cuyos productos son consumidos no sólo en su país, sino en cada lugar del orbe...

Los precios baratos de sus productos son artillería pesada con la cual [la burguesía] demuele las murallas chinas, con la cual fuerza a capitular al odio intensamente obstinado de los bárbaros. Obliga a todas las naciones, bajo pena de extinción, a adoptar la modalidad burguesa de producción, las obliga a introducir en su seno lo que se denomina civilización, esto es, a convertirse ellas mismas en burguesas. En una palabra, crea un mundo a su imagen y semejanza.

Dicha expansión mundial ofrece un espectacular despliegue de las ironías de la historia. Estos burgueses son banales en sus ambiciones. Sin embargo, su incesante búsqueda de ganancias impone sobre ellos la misma estructura de impulso insaciable y horizonte infinito de los grandes héroes románticos, Don Giovanni, Childe Harold o el Fausto de Goethe. Pueden pensar en una sola cosa, pero su estrecho enfoque conduce a las más amplias integraciones; su punto de vista superficial desencadena las más profundas transformaciones; su pacífica actividad económica devasta toda sociedad humana como una bomba, desde las tribus más primitivas hasta la poderosa urss. A Marx le consternaban los costos humanos del desarrollo capitalista, pero siempre creyó que el horizonte mundial que creaba era un gran logro sobre el cual el socialismo debía construir. Recuerden, el gran llamado a unirse con el cual termina El manifiesto está dirigido a los "Trabajadores del mundo entero".

Un drama global clave fue el despliegue de la primera cultura mundial que existió. Marx, que escribía cuando los medios masivos empezaban a desarrollarse, la llamó "literatura mundial". Creo que es legítimo a fines de este siglo modernizar la idea a "cultura mundial". El manifiesto muestra cómo esta cultura se desarrollará espontáneamente a partir del mercado mundial:

En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas por la producción del país, encontramos nuevas necesidades, que requieren para su satisfacción de productos de tierras y climas distantes. En lugar del antiguo aislamiento y autosuficiencia, tenemos intercambio en todas direcciones, una interdependencia universal de naciones. Y como en lo material, también en la producción intelectual [espiritual —geistige puede ser traducido de cualquiera de las dos formas]. Las creaciones intelectuales [espirituales] de las naciones individuales se convierten en propiedad común (...) y de las numerosas literaturas nacionales y locales surge una literatura mundial.

Esta visión de cultura mundial une varias ideas complejas. Primero, la expansión de las necesidades humanas: el mercado mundial cada vez más cosmopolita moldea y expande al mismo tiempo los deseos de todos. Marx no elabora esto en detalle, pero desea que imaginemos lo que podría significar en alimento, vestido, religión, música, amor y en nuestras fantasías más íntimas, como también en nuestras presentaciones públicas. Luego, la idea de la cultura como "propiedad común" en el mercado mundial: cualquier cosa creada por quienquiera en cualquier parte está abierta y disponible para todos en todas partes. Hay empresarios que publican libros, producen obras teatrales y conciertos, exhiben artes visuales y, en nuestro siglo, crean hardware y software para películas, radio, tv y computadoras, a fin de ganar dinero. No obstante, en ésta y otras formas, la historia se escapa de las manos de los propietarios, de manera que la gente pobre llega a poseer cultura —una idea, una imagen poética, un sonido musical, Platón, Shakespeare, un spiritual negro (Marx los amaba)—, aun si no puede tenerlos como propiedad. La cultura colma la cabeza de la gente con ideas. Como una forma de "propiedad común", la cultura moderna nos ayuda a imaginar cómo la gente de todo el mundo podría compartir algún día todos los recursos mundiales.

Se trata de una visión de la cultura rara vez discutida, pero es una de las cosas más amplias y esperanzadoras que escribió Marx. En nuestro siglo, el desarrollo del cine, la televisión, el video y las computadoras ha creado un lenguaje visual global que nos trae muy cerca, más que nunca antes, la idea de cultura mundial, y el ritmo mundial nos llega a través de nuestra mejor música y nuestros mejores libros. Ésas son las buenas noticias. Las malas noticias son cuán agrios y amargos se han vuelto la mayoría de los escritos izquierdistas sobre cultura. A veces pareciera que la cultura fuera sólo un Departamento de Explotación y Opresión más, que no contiene nada luminoso o valioso en sí mismo. Otras veces, parece como si las mentes de la gente fueran naves vacías sin nada dentro, salvo lo que pone allí el capital. Lea, o intente leer, unos cuantos artículos sobre "discurso hegemónico / contrahegemónico". Estos individuos escriben como si el mundo les hubiera pasado por encima.

Pero si el capitalismo es un triunfo en tantas formas, ¿qué tiene de malo exactamente? ¿Qué cosa merece que uno se pase la vida oponiéndosele? En el siglo xx los movimientos marxistas de todo el mundo se han concentrado en el argumento, elaborado más cabalmente en El capital, de que los trabajadores en la sociedad burguesa habían sido o eran pauperizados. Ahora bien, ha habido tiempos y lugares donde era absurdo negarlo; en otros tiempos y lugares (como los Estados Unidos y Europa occidental en los años cincuenta y sesenta, cuando yo era joven), esto se veía con dificultad, y los economistas marxistas realizaban extraños giros dialécticos para que las cifras cuadraran. Pero el problema con esa discusión es que convertía cuestiones de experiencia humana en cuestión de números: ¡llevó a que el marxismo pensara y hablara exactamente como el capitalismo! El manifiesto ocasionalmente da esa versión del alegato. Pero ofrece lo que me parece una acusación mucho más mordaz, una que se sostiene hasta la cima del ciclo de negocios, cuando la burguesía y sus apologistas se están ahogando en la complacencia.

Esa acusación es la visión de Marx sobre lo que la sociedad burguesa moderna fuerza a la gente a ser: tienen que congelar sus sentimientos por los demás para adaptarse a un mundo de sangre fría. En el curso de "desgarrar en pedazos y sin piedad los abigarrados vínculos feudales", la sociedad burguesa "no ha dejado ningún otro nexo entre el hombre y el hombre que el egoísmo desnudo, que el insensible ‘pago al contado’ ". Ha "ahogado" toda forma de valor sentimental "en el agua gélida del cálculo egoísta". Ha "convertido el valor personal en valor de cambio". Ha hecho colapsar toda tradición histórica y norma de libertad "en aquella única, injusta libertad: el comercio libre". Lo peor del capitalismo es que obliga a la gente a volverse brutal a fin de sobrevivir.

Durante 150 años, hemos visto una vasta literatura que dramatiza el endurecimiento de la burguesía, una clase en la que es más probable que triunfen aquellos que están más cómodos con la brutalidad. Pero las mismas fuerzas sociales están presionando a los miembros de aquel inmenso grupo que Marx llama "la moderna clase trabajadora". Esta clase ha sido afectada por un caso de identidad errónea. Muchos lectores han pensado siempre que "clase trabajadora" significa sólo obreros, o trabajadores industriales, o trabajadores manuales, o trabajadores empobrecidos. Estos lectores luego advierten la naturaleza cambiante de esta fuerza laboral a lo largo de los últimos cincuenta años más o menos —cada vez más de cuello blanco y corbata, educados, trabajando en servicios humanos, dentro o cerca de la clase media— e infieren la Muerte del Sujeto, y concluyen que todas las esperanzas para la clase trabajadora están condenadas. Marx no pensaba que la clase trabajadora se estuviera contrayendo: en todos los países industriales ya era, o estaba en proceso de ser, "la inmensa mayoría"; con su número creciente podría "ganar la batalla de la democracia". La base para su aritmética política era un concepto a la vez simple y altamente inclusivo:

 

La clase obrera moderna desarrolló una clase trabajadora que vive sólo en tanto puede encontrar trabajo, y que encuentra trabajo sólo en tanto su trabajo incrementa el capital. Estos trabajadores, quienes deben venderse de a pocos, son un producto, como cualquier otro artículo de comercio, y están consecuentemente expuestos a todas las vicisitudes de la competencia, a todas las fluctuaciones del mercado.

El factor crucial no es trabajar en una fábrica, o trabajar con tus manos, o ser pobre. Todas estas cosas pueden cambiar con la fluctuante oferta y demanda, y con la tecnología y la política. La realidad crucial es la necesidad de vender tu trabajo al capital a fin de vivir, la necesidad de esculpir tu personalidad para la venta —mirarse al espejo y pensar "¿Qué tengo yo que pueda vender?"— y un miedo y ansiedad incesantes de que aun si estás bien hoy, no encontrarás a nadie que quiera comprar lo que tendrás o lo que serás mañana, de que el cambiante mercado te declarará (como ya ha declarado a tantos) inservible, que te encontrarás, tanto física como metafísicamente, desamparado y en la calle. La muerte de un viajante de Arthur Miller, una obra maestra del siglo xx, da vida al miedo desgastador que puede ser la condición de la mayoría de miembros de la clase trabajadora en tiempos modernos. Toda la tradición existencialista dramatiza esta situación con gran profundidad y belleza, aunque sus visiones tienden a ser extrañamente incorpóreas. Sus visionarios podrían aprender de El manifiesto, que da a la angustia moderna una ubicación.

Una gran cantidad de gente está en la clase trabajadora, pero no lo sabe. Es mucha la gente que llena los inmensos edificios de oficinas que asfixian los centros de nuestras ciudades. Visten elegantes trajes de paño y regresan a bonitas casas, porque hay una gran demanda de su trabajo ahora, y lo están haciendo bien. Pueden identificarse, felices, con los propietarios, y no tener ninguna idea de lo contingentes y fugaces que son sus beneficios. Puede que no descubran quiénes son realmente, o adónde pertenecen, hasta que son suspendidos o despedidos, o descalificados, o reemplazados por trabajadores temporales, o afectados por la reducción de la empresa (es fascinante observar cuántas de estas aplastantes palabras son bastante nuevas). Y otros trabajadores, sin diplomas, que no se visten tan bonito y trabajan en cubículos, no en oficinas, pueden no advertir que muchas de las personas que les dan órdenes están realmente en su clase. Pero para esto es que existen la organización y los organizadores.

Un grupo cuya identidad de clase trabajadora fue crucial para Marx fue el grupo al que él mismo pertenecía: los intelectuales.

La burguesía ha despojado de su halo a toda ocupación hasta ahora enaltecida y vista con admiración reverente. Ha reconvertido al médico, al abogado, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, en sus trabajadores asalariados.

Marx no está diciendo que en la sociedad burguesa estas actividades pierden su significado o valor humanos. Si acaso, son más significativas y valiosas que antes. Pero la única forma como la gente puede obtener su libertad para hacer descubrimientos, o salvar vidas, o iluminar poéticamente el mundo, es trabajando para el capital —para compañías farmacéuticas, estudios cinematográficos, juntas educativas, políticos, entidades promotoras de salud, etc.— y usando sus habilidades creativas para ayudar al capital a acumular más capital. Esto quiere decir que los intelectuales son sometidos no sólo a las tensiones que afectan a todos los trabajadores modernos, sino a una zona de temor propia. Cuanto más les importa su trabajo y desean que signifique algo, más se encontrarán en conflicto con los guardianes de las hojas de cálculo; cuanto más caminen por la línea, más probable es que caigan. Esta presión crónica puede darles información confidencial sobre la necesidad de que los trabajadores se unan. ¿Pero los trabajadores unidos tratarán la libertad intelectual y artística con algo más de respeto que el capital? Es una pregunta abierta; en algún momento en el siglo xxi los trabajadores conseguirán el poder en algún lado, entonces empezaremos a ver.

Marx considera a la clase trabajadora moderna como una inmensa comunidad mundial que espera su consolidación. Estas posibilidades tan vastas le dan a la historia de organizarse una seriedad y grandeza permanentes. El proceso de crear sindicatos no es sólo un elemento en la política de grupos de interés, sino una parte vital de lo que Lessing llamó "la educación de la raza humana". Y no es sólo pedagógico, sino existencial: el proceso de personas descubriendo individual y colectivamente quiénes son. A medida que se enteran quiénes son, llegarán a ver que se necesitan unos a otros a fin de ser ellos mismos. Ellos verán, porque los trabajadores son inteligentes: la sociedad burguesa los ha forzado a serlo, a fin de sobrevivir sus sobresaltos constantes. Marx sabe que ellos lo comprenderán a la larga. (A la vez que su furia como agitador, el autor de El manifiesto también proyecta una incubante, reflexiva, larga paciencia). La solidaridad no es el sacrificio de sí mismo, sino la realización de sí mismo. Aprendiendo a darse a otros trabajadores, que pueden verse y parecer muy diferentes que uno, pero que son como uno en el fondo, se da al hombre o a la mujer un lugar en el mundo y se libra uno del miedo.

Ésta es una parte vital de la visión moral que subyace tras El manifiesto. Pero existe otra dimensión moral, aseverada en una nota diferente, pero humanamente igual de urgente. En uno de los tantos momentos cumbres del libro, Marx dice que la Revolución acabará con las clases y la lucha de clases, y esto hará posible disfrutar "una asociación, en la que el libre desarrollo de cada uno es la condición para el libre desarrollo de todos". Aquí Marx se imagina al comunismo como una manera de hacer feliz a la gente. El primer aspecto de esta felicidad es el "desarrollo", es decir, un experiencia que no sólo se repite simplemente a sí misma, sino que pasa por algún tipo de cambio y crecimiento. Este modelo de felicidad es moderno, y alimentado por el incesante desarrollo de la economía burguesa. Pero la sociedad burguesa, aunque permite que la gente se desarrolle, la obliga a desarrollarse de acuerdo con las demandas del mercado: lo que puede venderse se desarrolla; lo que no puede venderse se reprime, o simplemente nunca llega a cobrar vida. Contra el modelo de mercado de desarrollo forzado y retorcido, Marx lucha por el "libre desarrollo", un desarrollo que uno mismo puede controlar.

En tiempos en que la crueldad torpe se llama a sí misma liberalismo (estamos botándote a ti y a tus chicos de todo bienestar por tu propio bien), es importante ver cuánto terreno comparte Marx con el más liberal de todos, su contemporáneo John Stuart Mill. Mill, como Marx, llegó a ver al "libre desarrollo" del ser como un valor humano fundamental; como Marx, creyó que la modernización lo hacía posible para todos. Pero a medida que fue haciéndose mayor, se convenció de que la forma capitalista de modernización —con la competencia asfixiante, la dominación de clase, la conformidad y la crueldad social como sus titulares— bloqueaba sus mejores potencialidades. Él se autoproclamó socialista en su vejez.

Irónicamente, el terreno que el socialismo y el liberalismo comparten puede ser un gran problema para ambos. ¿Qué pasaría si el Sr. Kurtz no está muerto después de todo? En otras palabras, qué pasaría si el auténtico "libre desarrollo" saca a la luz horripilantes pozos negros en la naturaleza humana? Dostoievsky, Nietzsche y Freud, todos ellos nos forzaron a dar la cara a los horrores, y nos advirtieron de su permanencia. En respuesta, tanto Marx como Mill podrían decir que hasta que no hayamos superado la dominación y la degradación social simplemente no hay manera de decir si los horrores son inherentes a la naturaleza humana o si podemos crear condiciones benignas bajo las cuales pueden marchitarse. El proceso de llegar a tal punto —un punto donde los Raskolnikov no trotarán en la Avenida D, y donde los Svidrigailovs no poseerán miles de cuerpos y almas— será suficiente para darnos a todos trabajo fijo.

Los años noventa empezaron con la destrucción masiva de las efigies de Marx. Era la época "postmoderna": se suponía que no necesitábamos grandes ideas. Ahora que los años noventa acaban, nos encontramos en una sociedad dinámica global más unificada que nunca por la reducción en el tamaño de las empresas, la descalificación y el temor: justo lo que dijo el viejo. De pronto, lo icónico parece más convincente que lo irónico: aquella presencia bárbada clásica, el ateo como profeta bíblico, ha regresado justo a tiempo para el milenio. En el alba del siglo xx, había trabajadores que se aprestaban a morir por El manifiesto comunista. Y en el alba del siglo xxi, puede haber aún más que están listos para vivir con él.




 
Last updated 26

 January 2003

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